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Problemas de espíritus eternos

  • Foto del escritor: Justin Jaquith
    Justin Jaquith
  • 9 sept 2020
  • 6 Min. de lectura

El día de ayer decidí suicidarme, y hoy me encuentro trepado sobre el esqueleto metálico de un puente, el punto más alto de esta olvidable ciudad. Abajo, muy abajo, un río de agua turbia, contaminada y asquerosa como la humanidad, espera mi llegada con total desinterés. Arriba, el cielo refleja mi humor: gris, opaco, amenazante.


Miro alrededor. Dos metros a mi izquierda, un hombre de treinta y tantos años, con aspecto de novio rechazado, todavía con un ramo triste en las manos, contempla el río, como si estuviera calculando qué duele más, estrellar el corazón contra el amor o el cuerpo contra el agua. Mas abajo, por no tener la condición física necesaria para llegar al punto donde estamos, se ve otra figura solitaria, una mujer, con aspecto de esposa reemplazada por la secretaria, también con intenciones de saltar. Es un buen día para esto: por lo menos no estoy solo.


El diablo no puede suicidarse. La memoria de sus palabras me asalta, perfora mis pensamientos como los graznidos de los cuervos que vuelan entre estas frías vigas, burlándose de mi frustración, prediciendo el fracaso inminente de esto, mi último recurso, repetido ya mil veces con estrategias, a veces creativas, a veces cliché. Hoy toca uno cliché: salto de puente.


El hombre a mi lado por fin salta, cae durante tres largos segundos y penetra el agua con la elegancia de una clavadista olímpica. Se hubiera dedicado mejor a la natación y no al amor. La mujer no brinca. Después de unos minutos, vuelve a bajar, con cuidado, probablemente para conseguirse otro novio, porque el matrimonio duele menos que las demás formas de suicidio.


“El diablo no puede suicidarse”, fueron sus palabras textuales aquel mugroso día. “Ni jubilarse. Ni retirarse. El mundo no puede estar sin un diablo. Si no encuentras a alguien que tome tu lugar, el diablo eres, y el diablo serás”.


Llevo trescientos años crujiendo esas palabras entre dientes eternamente afiladas, chuecas, amarillas. No le he vuelto a ver. En cuanto me entregó el tridente, desapareció con sonrisa aliviada y risa diabólica. No lo sabía en aquel entonces, pero su carcajada profetizaba el futuro que ahora vivo de diablo aburrido, atrapado, solitario.


Me brinco del puente, más por flojera que otra cosa. La gravedad me afecta porque lo permito, porque decido no volar. Hace mucho tiempo el volar perdió su romanticismo. Caigo al agua. No siento nada: ni el aire, ni el golpe, ni el frío. Sigo cayendo, penetro la tierra debajo del río, la capa de piedra debajo de la tierra, un rio de magma debajo de la capa de piedra, las cavernas silenciosas debajo del magma, y así, descendiendo por las capas geológicas como si fueran pisos rebasados por un elevador, hasta llegar al infierno.


Este lugar no es como lo pinta la tonta mitología humana. No es mi hogar, es mi lugar de castigo. No soy su rey, soy su prisionero. El guardia en la puerta me ve con ojos despectivos. —¿Es en serio? ¿Otro intento de suicidio? ¿Ahora cómo lo hiciste? —Se ríe sin humor.


No le respondo. Aquí nadie me respeta. El respeto está prohibido aquí, de hecho, por ser un valor. Paso a mi oficina sin saludar a la secretaria y me siento en mi trono, una silla de piel imitación con resortes ya vencidos que rechinan como una gata en celo. También la comodidad está prohibida.


Una repentina claustrofobia emocional me sacude el alma, o por lo menos el vacío donde antes moraba mi alma. Estoy atrapado en una carrera sin final, un trabajo sin futuro, una existencia sin propósito. Caray, me escucho como un milennial. Tal pensamiento me haría sonreír, pero el diablo no tiene sentido de humor, porque —ya sabes— la felicidad también queda prohibida aquí.


Aquel día infame, acepté el puesto porque creía que el poder, el placer y las riquezas que el trabajo prometían me iban a contentar para siempre. Pero no contaba con las desventajas de ser el diablo.


Para empezar, la gente me echa la culpa de todo. Estaría bien si realmente fuera yo culpable, porque me sentiría orgulloso de un trabajo bien hecho; pero toman decisiones tan malas, tan infernales, que ni yo lo puedo creer —como prestar dinero a amigos sin contrato firmado, o comprar carros usados por internet, o mandar mensajes de texto en estado de ebriedad—, y luego dicen que el diablo los obligó. Es una injusticia. Es difamación, de hecho, pero ¿a quién se lo reclamo?


Otra injusticia: o huyen de mí, o me quieren vender su alma. Por consecuencia, me escasean amigos y me sobran almas. ¿Qué diablos voy a hacer con tantos espíritus ya desgastados, todos en bancarrota, o traumados por algún desamor, o con órdenes de arresto en su contra? Una sola vez quisiera recibir un alma en buen estado. Pero a Dios se le quedan esas.


Para el colmo, y lo que más me fastidia: qué aburrido tener que apegarme siempre a la maldad. Cuando yo era humano, lo divertido del pecado era su calidad de prohibido. Ahora es mi obligación hacer el mal, y lo que nos obligan a hacer nunca es divertido. A veces se me antoja hacer algo bueno simplemente porque las reglas lo prohíben. Qué envidia, los humanos que tienen el derecho de decidir entre el bien y el mal, según el antojo del momento.


Ya no aguanto esto. Tengo que encontrar un suplente. Si a mí me pasaron la antorcha —bueno, el tridente— haré lo mismo con alguien más. Algún ingenuo con aspiraciones a dominación mundial, o algún hedonista que quiera disfrutar los placeres del pecado por siempre.


Regreso a la superficie de la tierra, a la misma ciudad asquerosa. Recorro los bares, los prostíbulos, las oficinas del gobierno, las iglesias, todos los lugares donde acostumbro a encontrar los peores pecadores. Ninguno me parece lo suficientemente desesperado como para aceptar mi responsabilidad de diablo, mi “chamba de chamuco”, como antes lo llamaba con ternura satánica.


Por fin, en el parque central de la ciudad, veo a un hombre sentando en un banco, llorando con una pasión tan patente, tan exagerada que me detengo a observarlo. Está muy mal, de verdad. Grita, solloza y gime como si el mundo acabara, o un hijo se le hubiera muerto, o su equipo de futbol hubiera perdido el campeonato.


—Perdóname, —le digo con una misericordia fingida—. No quiero ser imprudente, pero veo que estás muy triste. ¿Te puedo ayudar en algo?


Levanta la cabeza y me mira. —No, definitivamente no. Nadie me puede ayudar. Yo ayudo a todos, pero nadie me puede dar nada a mí. —Se suelta llorando con más intensidad aún.


Espero en silencio hasta que se calme un poco. —Amigo, tal vez tenga una solución para ti. Es una oferta de trabajo, de hecho, que cambiará tu vida para siempre. Te lo juro.


—Es precisamente por mi trabajo que lloro, —responde—. Ya no lo aguanto.


Perfecto, yo pienso. —Lo siento, —le digo—. Mira, el trabajo paga bien: salario ilimitado, de hecho. No tendrás que someterte a nadie, serás dueño de tu tiempo, tendrás poder absoluto…


—Y las obligaciones? —me interrumpe.


—Pues, no te miento, el trabajo es…complicado, a veces.


—¿Complicado? —se ríe—. Te aseguro que no sabes nada de trabajos complicados. Me ve con ojos de fuego, y continúa—. En tu trabajo “complicado”, ¿solo te dirigen la palabra cuando quieren algo de ti? ¿Piden que les resuelvas todas sus broncas, en cinco minutos, y a su manera; y si no lo haces, dicen que no existes? ¿Se quejan de todo, como si tú fueras el responsable de sus estupideces, pero solo te es permitido contestarles con paciencia, con amabilidad, porque ni modo que te enojes con ellos y les digas que son una bola imposible de drama interminable y ojalá nunca se te hubiera ocurrido invitarlos a compartir el planeta contigo?


El hombre ya está de pie, caminando de un lado para otro, su mirada intensa como el sol, sus palabras como pequeños relámpagos en el aire. - ¿Todo el mundo te llama aguafiestas, solo porque no les permites destruirse a si mismo? ¿Te hacen preguntas imposibles, como, ¿porqué existen los mosquitos?, y ¿cómo entender a las mujeres? y ¿qué hacer con la suegra? esperando que expliques el universo completo a sus mentes microscópicas? ¿Te entregan sus almas, no para almacenarlas nada más —ojalá fuera tan fácil—, sino para repararlas, para dejarlas como nuevas, después de haber hecho un total desastre de ellas ¿esperando que en tres días les vas a liberar de sus vicios preferidos, hábitos que llevan toda la vida cultivando y consintiendo? No me hables de trabajos complicados, porque el mío es el más complicado de todos.


Le quedo viendo, —Entonces… tú eres…


—Dios. Soy Dios.


—Soy el diablo.


—Mucho gusto.


—Igualmente.


Un largo silencio, y luego Dios pregunta, —Entonces, también estás harto de tu trabajo?


—Si, pero no encuentro a nadie que quiera tomarlo. El mundo no puede estar sin un diablo.


—Tampoco sin un Dios. Ando en lo mismo.


Otro largo silencio mientras intercambiamos miradas de comprensión y empatía.


—¿Estás pensando lo mismo que yo? —me dice por fin.


—Creo que sí.


—¿Le entras?


Sin decir más, le paso mi tridente, él me entrega su halo. Siento una bondad divina recorrer mi espíritu. Olas de amor, de misericordia, de paciencia, de santidad reparan mi corazón cínico. Tengo un repentino deseo de ayudar a alguien, de ser generoso y cariñoso.


Qué divertido esto. Fácilmente podría aguantar otros trescientos años de moralidad fija. Y cuando me aburra, cuando nos aburramos, ya sabemos dónde encontrarnos. Una solución perfecta a los problemas de espíritus eternos.


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